Madrid, de corte a checa: la novela total del miedo
Llamarla simplemente novela sobre la Guerra Civil resulta insuficiente. Foxá construye algo mucho más ambicioso: el retrato de una sociedad que se descompone. Madrid pasa ante nuestros ojos de ser la corte todavía elegante, frívola y aparentemente segura de Alfonso XIII a convertirse en una ciudad dominada por el miedo, las delaciones, los registros nocturnos, las detenciones y la muerte.
Entre ambos extremos se encuentra la Segunda República, pero también una progresiva degradación de las relaciones humanas. Las antiguas seguridades desaparecen. Los amigos comienzan a desconfiar unos de otros. Las convicciones políticas penetran en las familias. El resentimiento sustituye a la conversación y llega un momento en que cualquier palabra pronunciada unos meses antes puede convertirse en una sentencia.
De las flores de lis a la hoz y el martillo
La estructura de la novela es extraordinariamente eficaz. Sus tres grandes partes — «Flores de lis», «Himno de Riego» y «La hoz y el martillo»— no son solamente divisiones cronológicas. Funcionan como las tres etapas de una metamorfosis.
En la primera todavía encontramos bailes, tertulias, estudiantes, aristócratas, noviazgos, cafés y conversaciones políticas que parecen formar parte de un juego. La caída de la Monarquía empieza incluso rodeada de una cierta inconsciencia. Muchos personajes continúan viviendo como si nada verdaderamente importante pudiera suceder.
Después llega la República. Cambia el lenguaje, cambian los símbolos y cambian las lealtades. Los acontecimientos se aceleran. Lo político comienza a devorarlo todo. Lo que antes eran discusiones termina convirtiéndose en odio.
Y finalmente llega la guerra.
Entonces Madrid sigue siendo geográficamente la misma ciudad: las mismas avenidas, los mismos edificios, los mismos cafés. Pero moralmente se ha convertido en otro lugar. La ciudad elegante del principio continúa físicamente allí, aunque sobre ella se haya superpuesto otra ciudad hecha de armas, sospechas, miedo y violencia.
Violencia, cobardía, traición, amor... y miedo
Una de las grandes virtudes de Madrid, de corte a checa es que la política no consigue borrar por completo a las personas.
Foxá habla de ideologías, partidos, monárquicos, republicanos, socialistas, comunistas y falangistas, pero por debajo de todas esas etiquetas continúan apareciendo las grandes fuerzas que gobiernan al ser humano: el amor, los celos, la vanidad, la cobardía, la lealtad, la traición, la ambición, la envidia y, sobre todas ellas, el miedo.
El miedo cambia de forma a lo largo de la novela. Primero es temor al futuro. Después miedo a perder la posición social. Más tarde miedo a hablar. Finalmente es miedo a que alguien llame de madrugada a la puerta.
Y esa progresión quizá sea uno de los mayores logros del libro: el lector percibe cómo una sociedad aparentemente normal puede deslizarse, casi sin advertirlo, hacia una situación en la que sobrevivir depende de quién conoce nuestro nombre, de qué hemos dicho y de quién está dispuesto a denunciarnos.
La extraordinaria prosa de Foxá
Pero si la novela impresiona por lo que cuenta, todavía impresiona más por cómo está escrita.
Foxá escribe brillantísimamente. Posee una facilidad extraordinaria para la metáfora y para encontrar una imagen capaz de resumir una persona, una clase social o una situación. En ocasiones parece observar Madrid con una cámara; en otras, con un microscopio; y a veces con el espejo deformante del esperpento.
Sus metáforas no son meramente ornamentales. Sirven para entrar en la psicología de los personajes. Un rostro, una habitación, un traje, una conversación o incluso una forma de andar pueden revelar de repente la cobardía, el resentimiento, la vulgaridad o la grandeza de quien aparece en escena.
Hay párrafos sencillamente sublimes. Otros son grotescos. Algunos producen risa y repugnancia simultáneamente. Y otros son de una radicalidad extraordinaria, porque Foxá no parece interesado en proteger al lector de sus propios juicios.
La frase resume perfectamente uno de esos momentos. Foxá contempla a determinados milicianos que, después de haber convertido al «señorito» en símbolo del enemigo, comienzan paradójicamente a disfrutar de aquello que identificaban con él: los buenos cafés, los aperitivos, los automóviles, los pisos elegantes o la sensación de poder.
La acusación del narrador es feroz: según su interpretación, debajo de cierta retórica revolucionaria no existiría tanto el deseo de acabar con los privilegios como el deseo de ocupar el lugar del privilegiado. No combatir al señorito, sino convertirse en él.
Podemos compartir o rechazar semejante juicio —y evidentemente pertenece a la mirada ideológica de Foxá—, pero resulta difícil negar la enorme eficacia literaria con que consigue condensarlo en unas pocas palabras.
El Madrid desaparecido
Otra de las razones por las que he disfrutado extraordinariamente de la novela ha sido descubrir un Madrid que ya no existe.
Foxá reconstruye una auténtica geografía sentimental de cafés, bares, restaurantes, tertulias, teatros y calles. Leerlo permite caminar por una capital que conservaba todavía una cultura del café prácticamente desaparecida.
- La Granja El Henar, en la calle de Alcalá, uno de los grandes cafés de tertulia madrileños, frecuentado por escritores, periodistas y políticos, y asociado entre otros a Ramón María del Valle-Inclán.
- Aquarium, convertido en la novela en uno de esos lugares donde todavía sobrevive, absurdamente, la vida despreocupada mientras el país comienza a hundirse.
- Chicote, inaugurado en 1931 en la Gran Vía y que, a diferencia de tantos otros, ha conseguido sobrevivir hasta nuestros días.
- El Café Lion y su célebre sótano, La Ballena Alegre, uno de aquellos lugares donde literatura y política todavía podían compartir mesa antes de que la guerra hiciera imposible aquella convivencia.
La novela convierte estos establecimientos en algo más que decorados. Son termómetros de la ciudad. En ellos se observa quién ha desaparecido, quién ocupa ahora las mesas, qué palabras ya no pueden pronunciarse y qué nuevas personas llevan armas donde antes se llevaban bastones, periódicos o sombreros.
Cuando compruebas los hechos y descubres que ocurrieron
Quizá lo que más inquietud me ha producido durante la lectura es comprobar hasta qué punto numerosos personajes y acontecimientos que parecen inventados pertenecieron realmente a aquella época.
En numerosas ocasiones he terminado dejando el libro para buscar información, convencido de que Foxá había exagerado alguna situación por necesidades dramáticas, y me he encontrado con que detrás de aquella escena existía un personaje, un acontecimiento o una organización real.
Eso proporciona a la novela un tono áspero, agreste y verdadero. La ficción está continuamente rozando el documento histórico. Personajes inventados atraviesan acontecimientos reales y se cruzan con figuras que pertenecieron verdaderamente al Madrid de los años treinta.
Entre los descubrimientos más perturbadores se encuentra Agapito García Atadell, uno de esos personajes históricos cuya biografía parece concebida para una novela negra. Su nombre quedó asociado a las milicias de investigación que actuaron en Madrid durante los primeros meses de la guerra, a detenciones, registros y al universo de las checas y brigadas que proliferaron en la capital.
Y alrededor de ese mundo aparece también la denominada Brigada del Amanecer, cuyo nombre resulta casi literario si no fuera porque designaba una realidad siniestra: grupos que actuaban durante las horas nocturnas y las primeras horas del día, cuando una llamada a la puerta podía anunciar una detención de consecuencias imprevisibles.
Una novela magnífica, pero no una mirada neutral
Existe, naturalmente, una advertencia imprescindible.
Foxá no es un narrador neutral. Fue falangista, participó en el ambiente intelectual de Falange y escribió la novela prácticamente al mismo tiempo que estaban sucediendo los acontecimientos. Su visión de la República, de la izquierda revolucionaria y de la guerra está marcada por esa posición política.
Por tanto, Madrid, de corte a checa no debe leerse como si fuera un manual de Historia ni como un relato desapasionado de la Guerra Civil. Su enorme valor reside precisamente en otro lugar: es literatura escrita desde dentro de una de las Españas enfrentadas.
Esa parcialidad obliga al lector a mantener cierta distancia crítica, pero no disminuye necesariamente su valor literario. Al contrario: explica en buena medida la intensidad del libro. Foxá escribe sobre un mundo que considera destruido y sobre una catástrofe que está contemplando prácticamente mientras sucede.
Una novela total
Por eso considero Madrid, de corte a checa una novela total sobre aquellos años, aunque geográficamente esté concentrada fundamentalmente en Madrid y políticamente contemple los acontecimientos desde una perspectiva perfectamente identificable.
Tiene política y amor. Tiene historia y sátira. Tiene violencia y poesía. Tiene personajes reales y personajes ficticios. Tiene salones aristocráticos, cafés, cárceles, universidades, automóviles, pisos registrados de madrugada y calles transformadas por las revoluciones.
Pero sobre todo contiene la extraordinaria transformación de una ciudad.
Al principio todavía escuchamos las conversaciones de la vieja Corte. Al final escuchamos golpes en las puertas.
Entre una cosa y otra apenas han transcurrido unos años.
Una de las mejores novelas que he leído. Extraordinariamente escrita, repleta de imágenes memorables y con una capacidad singular para convertir la Historia en experiencia humana. Puede discutirse —y debe discutirse— la visión política de Foxá. Mucho más difícil me parece discutir la calidad literaria de algunas de sus páginas. Madrid, de corte a checa no consigue simplemente que conozcamos aquel Madrid: consigue algo bastante más inquietante. Durante unas horas, consigue que tengamos miedo de vivir en él.