12 ago 2026

Pedro Páramo. Juan Rulfo

Crítica de Pedro Páramo - Juan Rulfo

Pedro Páramo

Juan Rulfo
Publicada en 1955 · Novela mexicana · Comala, territorio de vivos, muertos y murmullos
Portada de Pedro Páramo, de Juan Rulfo
Pedro Páramo, de Juan Rulfo
Hay libros cuya longitud parece guardar una relación inversamente proporcional a su profundidad. Apenas necesitan unas páginas para construir un universo entero y, cuando uno los termina, tiene la sensación desconcertante de haber leído mucho más de lo que realmente contenían. Pedro Páramo pertenece a esa rarísima especie.

Leí por primera vez Pedro Páramo, de Juan Rulfo, hace apenas dos días. He de decir que tenía algún prejuicio con esta novela, rodeada de una aureola que me resultaba incomprensible tratándose de un libro tan breve y con una temática, al menos en apariencia, tan sencilla. Un hombre llega a un pueblo buscando a su padre, un antiguo cacique rural. Poco más de cien páginas. ¿De verdad podía esconderse ahí dentro una de las grandes novelas de la literatura en español?

Estaba completamente equivocado.

Porque Pedro Páramo es deslumbrante precisamente por las luces que proyecta desde su oscuridad. Sobre la muerte, el poder, el deseo, la culpa, la religión, el sexo, la memoria y esa peculiar forma de condenación que consiste no tanto en morir como en ser incapaz de terminar de morirse.

Parece casi una proeza que un libro tan breve pueda contener tantos significados y que éstos, además, no estén expuestos sino enterrados. Hay que desenterrarlos, igual que las voces que hablan bajo la tierra de Comala.

Comala: un purgatorio abrasado por el sol

Para mí, Comala es ante todo un Purgatorio. No necesariamente el purgatorio reglamentado por la teología católica, con su contabilidad de pecados, penitencias y absoluciones, sino algo quizá mucho más antiguo y terrible: un lugar donde los muertos permanecen adheridos a aquello que hicieron, desearon o dejaron de hacer.

Comala está vacío y, sin embargo, está lleno. Sus habitantes han desaparecido, pero sus voces continúan agarradas a las paredes, a las habitaciones, a los caminos y a la tierra. Los muertos hablan. Recuerdan. Se justifican. Se reprochan cosas. Repiten conversaciones que ocurrieron décadas atrás. Se revuelven en sus tumbas incapaces de poner término a sus asuntos pendientes.

Son muertos que todavía no han conseguido morir del todo.

De ahí procede buena parte de la fascinación de la novela. Rulfo consigue que lo sobrenatural deje de parecer sobrenatural. Nadie necesita anunciar que estamos entrando en el territorio de los muertos. No hay una frontera, una puerta ni un juicio final. La transición ocurre casi sin que el lector se dé cuenta. En Comala, estar vivo o estar muerto termina siendo solamente una diferencia administrativa.

Juan Preciado: un extranjero entre los muertos

Juan Preciado llega a Comala obedeciendo la promesa que hizo a su madre. Llega todavía vivo, pero lo hace como un extranjero absoluto, casi como un extraterrestre abandonado en un mundo rural cuyas leyes desconoce.

Al principio no comprende absolutamente nada.

No entiende por qué las personas aparecen y desaparecen. No sabe quién está vivo y quién está muerto. No comprende de dónde proceden aquellas voces ni por qué todos parecen conocer a Pedro Páramo. Y tampoco entiende todavía que el pueblo entero que pisa es el resultado final de la voluntad de ese hombre.

Pero la gran genialidad de Rulfo consiste en que Juan Preciado tampoco tarda demasiado en dejar de importarnos como protagonista. La novela que parecía ser suya empieza a escapársele de las manos.

Juan se va diluyendo como un azucarillo entre aquellos espectros resignados, resentidos, culpables o simplemente exhaustos que forman el purgatorio comalense. Hasta que finalmente él mismo pasa a formar parte del murmullo.

El protagonista ha venido buscando a Pedro Páramo y termina enterrado junto a Dorotea, escuchando las voces de otros muertos. El investigador se ha convertido en una pieza más del objeto investigado.

Pedro Páramo: un hombre que consigue poseerlo todo

Poco a poco aparece la figura que da título a la novela. Y Pedro Páramo no es simplemente un cacique. Es algo mucho más interesante: es el poder convertido en persona. La ley es él: no hay rastro de Estado ni de Iglesia.

Su palabra constituye prácticamente la ley sobre las tierras, sobre las deudas, sobre los hombres y, muy especialmente, sobre las mujeres. Compra, amenaza, engaña, ordena, seduce, dispone matrimonios, expande la Media Luna y convierte paulatinamente a Comala en una prolongación de su voluntad.

Lo extraordinario es que Rulfo no necesita describir largas escenas de violencia para transmitir ese dominio. El verdadero poder de Pedro Páramo reside en que los demás han interiorizado ya su poder antes de que él tenga que ejercerlo.

Todos saben quién manda.

Y ésa es probablemente la forma más perfecta de dominación.

Las mujeres de Pedro Páramo

El dominio de Pedro Páramo sobre las mujeres constituye uno de los aspectos más perturbadores del personaje. No se trata únicamente de deseo sexual. En su mundo, el sexo aparece unido continuamente a la jerarquía.

Pedro puede acostarse con las mujeres de su entorno porque es Pedro Páramo. La disponibilidad femenina parece incluida, de alguna manera, entre los atributos de su cacicazgo.

Hay una escena especialmente reveladora por la naturalidad con la que Rulfo la presenta. Damiana Cisneros ve la enorme sombra de Pedro junto a la ventana de la chacha Margarita y entiende inmediatamente lo que ocurre:

«No se le quita lo gatero.»

Y ahí está todo. Ni conquista amorosa, ni cortejo, ni romanticismo. Pedro se desplaza de noche por su propiedad buscando mujeres con la misma naturalidad con la que podría recorrer sus tierras. El detalle resulta incluso cómico, pero detrás de la comicidad está la impunidad absoluta del patrón.

Lo interesante es que ese hombre que parece poder poseer a cualquier mujer encontrará una que destruye completamente las reglas de su mundo.

Susana San Juan.

Susana: la única propiedad que Pedro Páramo no puede adquirir

Pedro Páramo puede conseguir tierras, voluntades, silencios, cuerpos y obediencias. Puede convertir las deudas ajenas en propiedades propias. Puede eliminar enemigos. Puede incluso doblar a quienes representan sobre el papel poderes distintos del suyo.

Pero no puede conseguir a Susana San Juan.

O, mejor dicho, puede conseguir su cuerpo, instalarla en la Media Luna, convertirla socialmente en su mujer y rodearla de criados. Lo que no puede conseguir es aquello que realmente desea: entrar en su mundo interior.

Ahí se produce la gran derrota del cacique.

Pedro ha esperado décadas. Ha acumulado poder. Ha construido prácticamente un reino. Pero cuando por fin tiene a Susana en su casa descubre que el poder que funciona sobre todo Comala no sirve para penetrar en la única persona que verdaderamente le importa.

Puede poseer su presente.

Pero el pasado de Susana pertenece a Florencio.

Florencio, el mar y el lugar donde Pedro no puede entrar

Algunos de los párrafos más bellos de la novela son precisamente aquellos en los que Susana abandona mentalmente Comala y regresa al mar y a Florencio, su primer marido.

Frente a la tierra seca de Pedro Páramo aparece entonces el agua. Frente a la propiedad, el deseo. Frente al encierro de la Media Luna, la extensión ilimitada del mar. Frente al cacique que pretende poseerla, el hombre al que ella recuerda deseando.

«En el mar sólo me sé bañar desnuda.»

La escena posee un erotismo extraordinario, pero su importancia va mucho más allá del sexo. Susana recuerda su cuerpo libre en la arena, el agua subiendo sobre él, el baño compartido y la intimidad con Florencio. El mar la envuelve precisamente de una manera que Pedro Páramo jamás conseguirá hacerlo.

Hay aquí una oposición simbólica que me parece bellísima: Pedro es la tierra; Florencio es el agua.

Pedro posee la Media Luna, las parcelas, el polvo, los caminos y prácticamente todo aquello que puede medirse, comprarse o escriturarse. Florencio posee justamente lo que no puede convertirse en propiedad: el recuerdo del deseo de Susana.

Por eso Pedro Páramo gana todas las batallas menos la única que le importa.

Hay que matar al padre

El episodio de Bartolomé San Juan demuestra hasta dónde está dispuesto a llegar Pedro. La presencia del padre constituye un obstáculo entre él y Susana y, para un hombre acostumbrado a convertir sus deseos en órdenes, los obstáculos no se aceptan: se eliminan.

La conversación con Fulgor Sedano resulta espeluznante precisamente porque el asesinato se organiza con la naturalidad de un trámite administrativo. Pedro decide enviar a Bartolomé de nuevo a las minas de La Andrómeda, un lugar aislado donde será fácil hacerlo desaparecer. El objetivo queda formulado con una frialdad monstruosa:

«Tiene que quedarse huérfana.»

Y esto define perfectamente a Pedro Páramo. Si para conseguir a la mujer que ama necesita asesinar a su padre, asesina a su padre. No existe para él una frontera moral independiente de su voluntad.

Sin embargo, el crimen tampoco funciona.

Bartolomé desaparece, pero Pedro sigue sin alcanzar a Susana. Al contrario: cada muerto que Pedro coloca entre él y ella parece alejarla un poco más.

El padre Rentería: cuando hasta Dios se somete al cacique

Quizá ningún personaje me resulte tan miserable como el padre Rentería. Pedro ha violado a su sobrina y no es capaz de degollar al cacique.

Y precisamente por eso es uno de los mejores personajes de la novela.

Rentería conoce el mal. Sabe perfectamente quién es Pedro Páramo. Conoce los abusos de Miguel, conoce la miseria del pueblo, conoce el sufrimiento de sus feligreses y sabe hasta qué punto la Media Luna ha contaminado Comala.

Pero depende económicamente del cacique.

Y esa dependencia corrompe incluso su administración de la salvación.

Resulta difícil imaginar una crítica más feroz a la religión institucional: el sacerdote que debería representar una ley superior termina atrapado dentro de la misma red de poder que los campesinos. La Iglesia queda atrapada en el Purgatorio con vistas al Infierno.

Pedro Páramo no domina solamente las tierras de Comala. Ha conseguido que incluso la administración terrenal de Dios dependa de él. El cacique posee las cosechas, las casas, las voluntades y el dinero que mantiene a la Iglesia. El padre Rentería puede hablar del cielo y del infierno, pero en Comala sabe perfectamente quién paga las cuentas.

Ésa es una de las razones por las que mi lectura de Comala como purgatorio me resulta tan sugerente. Los muertos permanecen allí cargando con culpas que una Iglesia también culpable ha sido incapaz de resolver.

Los vivos estaban sometidos a Pedro Páramo.

Los muertos parecen continuar padeciendo las consecuencias.

Cobardes, malos y condenados a seguir hablando

Comala bulle de rencor, remordimientos, deseos incumplidos y cuentas pendientes. Pero lo verdaderamente cruel es que ya no existe posibilidad de venganza. Eso es el Purgatorio.

La venganza pertenece a los vivos.

A los muertos sólo les queda recordar.

Y quizá ésa sea su verdadera condena: repetir eternamente las escenas que los convirtieron en lo que fueron. Ninguno puede volver atrás. Ninguno puede tener el valor que no tuvo, rechazar la orden que obedeció, amar a quien no amó o impedir el daño que consintió.

Muchos están allí por malos. Otros quizá por cobardes. Y algunos por ambas cosas, que a partir de cierta edad pueden terminar siendo casi la misma.

Porque la cobardía sostenida durante años deja de ser simplemente miedo. Se convierte en colaboración. El sistema de Pedro Páramo funciona precisamente porque alrededor del gran cacique existen decenas de pequeños silencios.

Susana San Juan no pertenece a Comala

Y aquí aparece la excepción.

Susana San Juan.

Susana vive físicamente dentro de la Media Luna, pero mentalmente está fuera de Comala. Pedro cree que su locura la encierra; paradójicamente, esa misma locura quizá sea lo que la vuelve inaccesible para él.

Todos los demás personajes giran de alguna forma alrededor del cacique. Le temen, le deben, trabajan para él, han sido perjudicados por él, son hijos suyos o viven de su protección. Susana es distinta.

Pedro Páramo ocupa Comala, pero no ocupa la conciencia de Susana.

Su verdadero territorio está construido con recuerdos: la infancia, el mar, el cuerpo, Florencio.

La muerte de Susana: ¿la única que va al Paraíso?

La agonía de Susana concentra buena parte de la potencia religiosa, erótica y simbólica de la novela.

El padre Rentería llega para prepararla para la muerte e intenta introducirla en el lenguaje cristiano de la culpa, el castigo, el juicio y el infierno. Pero mientras el sacerdote habla de muerte, Susana piensa en amor.

Mientras él pretende llenar su conciencia de imágenes de condenación, ella vuelve a Florencio. Incluso al recibir la comunión, sus palabras no están dirigidas verdaderamente al sacerdote ni a Pedro Páramo:

«Hemos pasado un rato muy feliz, Florencio.»

Me parece uno de los momentos más hermosos de toda la novela. Por encima del Estado y la Iglesia ausentes. Por encima del cacique.

Porque mientras Comala está poblada por muertos que continúan encadenados a sus culpas, Susana muere pensando en aquello que amó. El padre Rentería intenta llevarla hacia el miedo; ella se marcha hacia Florencio.

Y aquí me permito una interpretación que la novela no confirma, pero que me parece coherente con ese Comala entendido como purgatorio: quizá Susana San Juan sea una de las pocas personas de la novela que va directamente al Paraíso.

«mirando cuando te ibas, siguiendo el camino del cielo [...] Pasaste rozando con tu cuerpo las ramas del paraíso que está en la vereda».

No necesariamente al Paraíso del padre Rentería. Quizá a uno mucho más sencillo: el lugar donde está Florencio.

Susana no necesita ya a Pedro, ni a la Media Luna, ni al sacerdote, ni a Comala. En el último instante parece pertenecer únicamente a su memoria amorosa.

Y si Pedro Páramo ha conseguido durante toda su vida que los demás hombres se sometan a su voluntad, Susana obtiene contra él una victoria absoluta y silenciosa: muere sin haberle pertenecido jamás de verdad.

Cuando muere Susana, muere también Comala

La muerte de Susana desencadena además uno de los acontecimientos más terribles del libro. Las campanas comienzan a tocar durante tanto tiempo que terminan atrayendo gente de otros pueblos. Lo que debería ser duelo acaba transformándose grotescamente en una celebración.

Para Pedro Páramo aquello constituye la última afrenta.

Y entonces hace lo que solamente puede hacer un hombre que posee un pueblo entero: decide abandonarlo.

No necesita incendiar Comala. No necesita fusilar a sus habitantes. Le basta con dejar de sostenerla.

Ésa es quizá la demostración definitiva de hasta qué punto la estructura económica y social del pueblo dependía de él. Pedro se retira, la Media Luna se paraliza y Comala empieza lentamente a secarse.

El pueblo muere porque quien lo dominaba decide dejarlo morir.

Y todo porque la única mujer que Pedro Páramo quiso de verdad murió pensando en otro hombre.

Pedro Páramo ha vencido a todos excepto a Susana

Ahí encuentro una de las ironías más hermosas de la novela.

Pedro Páramo dedica su vida a acumular poder para conseguir aquello que desea. Somete tierras, personas e instituciones. Elimina obstáculos. Hace desaparecer al padre de Susana. Espera durante décadas. Finalmente la instala a pocos metros de él.

Y entonces descubre la limitación esencial del poder: puede obligar a una persona a estar a tu lado, pero no puede obligarla a amarte.

Todo el cacicazgo de Pedro Páramo se estrella contra esa frontera.

Susana está físicamente en su cama y mentalmente bañándose desnuda en un mar que Pedro probablemente ni siquiera comprende, junto a un muerto contra el que no puede competir.

Es extraordinario.

El hombre que controla a los vivos termina derrotado por el recuerdo de un muerto.

Una novela hecha de murmullos

Formalmente, Pedro Páramo es también una proeza. Rulfo rompe el tiempo, cambia de voces, hace desaparecer al narrador, mezcla recuerdos con conversaciones y muertos con vivos sin colocar señales para tranquilizar al lector.

Al principio puede resultar desconcertante.

¿Quién habla? ¿Cuándo sucede esto? ¿Este personaje está vivo? ¿Está muerto? ¿Estamos escuchando un recuerdo, una conversación real o la voz de alguien enterrado?

Pero llega un momento en que uno deja de intentar reconstruir obsesivamente la cronología y acepta las reglas de Comala. Entonces la novela empieza a funcionar de una manera casi musical.

Las voces aparecen, se interrumpen, regresan muchos años antes, saltan hacia delante y vuelven a desaparecer.

No estamos leyendo una historia sobre fantasmas: estamos escuchando una tierra llena de memoria.

La economía de Rulfo

Quizá lo que más me haya sorprendido sea la extraordinaria economía narrativa.

Rulfo necesita poquísimo para construir un personaje. Una frase, un gesto, una conversación escuchada desde otra habitación. Personajes que ocuparían capítulos enteros en otras novelas aparecen aquí durante dos páginas y quedan misteriosamente fijados en la memoria.

Tampoco explica aquello que ya puede sugerir.

Eso exige mucho del lector, pero también demuestra una confianza extraordinaria en él. Rulfo no parece interesado en conducirnos de la mano por Comala. Nos abandona allí, como abandona a Juan Preciado, y espera que aprendamos a orientarnos entre las voces.

El resultado es que las apenas poco más de cien páginas del libro producen una impresión de enorme densidad.

Parece imposible que quepa tanto mundo en tan poco papel.

Y falta alguien: Florencio

Después de terminar el libro y aceptar Comala como ese inmenso territorio de ánimas en pena, hay una ausencia que me resulta especialmente sugerente.

Por allí están Juan Preciado, Dorotea, Eduviges, Damiana, Miguel Páramo, voces anónimas, pecadores, víctimas, cómplices y gentes que continúan hablando después de muertos. Bartolomé reaparece incluso dentro del mundo mental de Susana.

Los muertos están por todas partes.

Pero Florencio no aparece.

Susana lo recuerda. Lo desea. Habla con él en su imaginación. Su cuerpo y su memoria siguen regresando a él. Pero Florencio no comparece como una de esas ánimas atrapadas entre las paredes y las tumbas de Comala.

Naturalmente, Rulfo no nos dice qué significa esa ausencia.

Pero si aceptamos por un momento la interpretación de Comala como Purgatorio, la tentación resulta irresistible: quizá Florencio no está allí porque Florencio no tenía nada que purgar.

Quizá por eso Susana puede marcharse tranquila.

Quizá él la estaba esperando en otra parte.

Entrevista a Juan Rulfo. RTVE, Mercedes Milá

Entrevista a Juan Rulfo. Programa "Espejo de escritores"

He visto todas las entrevistas disponibles en vídeo a Juan Rulfo y esta, creo, es la que profundiza más en su personalidad. Falso. Aún no he visto la entrevista de Mercedes Milá, pero me temo lo peor. Ahorita la veré.

Pero en esta, con esta periodista tan joven y tan hermosa, Rulfo reconoce algo sorprendente: «Susana San Juan existe». «No está bajo tierra», como todos los personajes de Pedro Páramo. «Tendrá ya mi edad», deja caer. Le brillan los ojos.

En la entrevista con Soler Serrano este eclipse solar no se produce. Aquí, creo yo, está el significado auténtico de Pedro Páramo. Él es Florencio.

8 ago 2026

El árbol de la ciencia. Pío Baroja

``` Crítica de El árbol de la ciencia - Pío Baroja ```
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El árbol de la ciencia

Pío Baroja
Escrita entre 1909 y 1911 · Publicada en 1911 · Trilogía La raza
Portada de El árbol de la ciencia, de Pío Baroja
El árbol de la ciencia, de Pío Baroja
Hay libros que quizá no deberían ser lecturas obligatorias a los diecisiete años. No porque un adolescente no pueda comprenderlos, sino porque determinadas novelas necesitan que la vida haya hecho antes parte de su trabajo.

Acabo de releer El árbol de la ciencia, de Pío Baroja, y he de decir que esta vez sí que ha sido el momento adecuado para leerlo. No recuerdo si la autoridad docente mandó su lectura en BUP o COU o si lo leí mientras cursaba Ingeniería. Sí recuerdo, vagamente, haberlo leído. Pero leer un libro y encontrarse con él son dos cosas distintas. Esta vez me he encontrado con Baroja.

Uno no sale indemne de su lectura si ha transitado por determinados lugares y situaciones de la vida, y de la vida en España concretamente. Porque bajo la apariencia de una novela escrita hace más de un siglo aparece un país que, en determinados comportamientos colectivos, resulta incómodamente reconocible. Cambian las instituciones, las profesiones, las costumbres y el decorado; resulta más difícil asegurar que hayan cambiado en la misma proporción algunos mecanismos humanos y sociales.

Una autopsia de la sociedad española

La crítica que Baroja hace de la sociedad de su época es ácida y al mismo tiempo precisa, como si utilizara el escalpelo del médico joven que fue. Le horrorizan la sumisión de las clases pobres, la chulería y la petulancia de quienes se encuentran por encima de ellas y, sobre todo, la constatación de que el mecanismo general de la sociedad no hace sino reproducir y agravar las diferencias.

Baroja no contempla la pobreza desde la sentimentalidad. Tampoco idealiza al pobre por el hecho de serlo ni convierte automáticamente al poderoso en una caricatura moral. Su mirada resulta más desagradable precisamente porque es más pesimista: el ambiente acaba deformando también a quienes lo padecen. La miseria económica produce miseria moral; la ignorancia genera resignación, brutalidad o picaresca; y el privilegio genera desprecio, parasitismo o indiferencia. No existe una clase social que conserve intacta su inocencia.

En Madrid, esa percepción llega a adquirir para Andrés una dimensión casi biológica. Contempla a los señoritos que encuentra en las casas de prostitución: fuertes, bien alimentados, saludables, junto a unas mujeres agotadas que venden una alegría ficticia. Y acaba creyendo descubrir dos evoluciones humanas que marchan en sentidos contrarios. La gente rica va «hermoseándose, fortificándose, convirtiéndose en casta», mientras las clases pobres se debilitan y degeneran.

Es una imagen terrible porque la desigualdad deja de ser exclusivamente económica. El dinero proporciona alimentación, salud, educación, belleza, fuerza física, tiempo y posibilidades; la miseria, por el contrario, termina introduciéndose literalmente en los cuerpos. Los ricos no solamente poseen más: acaban teniendo mejores instrumentos para seguir venciendo. Baroja lleva la desigualdad social casi al terreno de la selección natural.

Esa ausencia de complacencia es una de las grandes virtudes del libro. Baroja no construye una sociedad dividida simplemente entre buenos y malos. Construye algo mucho más incómodo: un ecosistema.

Alcolea: España reducida a un pueblo

El tránsito de Andrés Hurtado por Alcolea es probablemente uno de los momentos donde esa disección alcanza mayor claridad. Allí están la familia que le alquila la casa, los hombres que frecuentan el casino, las jerarquías locales, las murmuraciones y, por supuesto, la división política entre Ratones y Mochuelos. ¡Allí también!

Resulta difícil no sonreír ante esa división política y, al mismo tiempo, sentir cierta incomodidad. Baroja convierte el pequeño pueblo en una representación a escala de una España en la que las etiquetas políticas parecen tener mucha más vitalidad que las ideas. Ratones y Mochuelos se enfrentan, pero el mecanismo profundo permanece prácticamente intacto. Cambian quienes ocupan determinadas posiciones; no cambia el sistema que las sostiene.

Alcolea se convierte así en algo más que una etapa profesional del protagonista. Es un laboratorio social. Andrés llega como médico, observa, diagnostica y termina marchándose con una enfermedad que no puede tratar: la convicción creciente de que la sociedad no solamente está mal organizada, sino que sus propios miembros colaboran, consciente o inconscientemente, en perpetuar aquello que los oprime.

Madrid: herbívoros, carnívoros y chulos

El regreso a Madrid no mejora el diagnóstico. Especialmente reveladora resulta su actividad como médico de higiene, dando el visto bueno sanitario a las prostitutas de las casas de citas, pastoreadas por celestinas y por chulos. Allí termina de perfilarse esa visión pesimista que presenta a la sociedad como una convivencia desigual entre criaturas carnívoras y herbívoras, donde unas prosperan precisamente porque otras son devoradas.

Es una de las intuiciones más poderosas de la novela. La explotación no aparece como una anomalía ocasional del sistema, sino como uno de sus mecanismos. Para que algunos puedan vivir de determinada manera es necesario que otros estén debajo. El ascenso de unos exige la caída, la utilización o la resignación de otros. La sociedad adquiere así ante Andrés una estructura casi zoológica: depredadores, presas y organismos que aprenden a sobrevivir como pueden.

La irritación de Hurtado termina por alcanzar momentos casi febriles. A la vuelta de una corrida de toros, contempla aquella masa satisfecha y fantasea con una solución brutal:

«Pensaba en el placer que sería para él poner en cada bocacalle una media docena de ametralladoras».

No creo que deba leerse literalmente como un programa de violencia, sino como expresión del grado extremo de asco, impotencia y desesperación al que ha llegado el personaje. Aquella multitud que regresa satisfecha de contemplar la sangre en el ruedo simboliza para él una España de chulos, bravatas, cobardías y entusiasmos colectivos que se desinflan cuando llega el momento de asumir responsabilidades reales. Es la misma sociedad que vocifera, presume y exige heroísmo a otros mientras protege cuidadosamente su propia comodidad.

Villasús y la derrota de la bohemia

En medio de este recorrido aparece también Rafael Villasús, personaje aparentemente secundario pero extraordinariamente significativo. Villasús ha decidido vivir como poeta, como artista, como bohemio; ha desafiado a la riqueza y a las convenciones burguesas. Pero el resultado de su rebelión no es la libertad. Es la miseria, la locura y la derrota.

Cuando Andrés vuelve a encontrarlo, aquel hombre que había querido vivir heroicamente de acuerdo con una concepción romántica del arte ha envejecido de manera terrible, está ciego y prácticamente demente. Su muerte reúne a su alrededor una corte de bohemios miserables que todavía intentan convertir el fracaso en representación artística.

«¡Tú eras un poeta! ¡Tú eras un genio!... ¡En la miseria!, porque soy un bohemio».

Hay algo cruel en la forma en que Baroja contempla esa escena, pero también algo profundamente revelador. La belleza, la poesía y las grandes palabras no bastan para derrotar a la realidad. Villasús ha querido enfrentarse al mundo armado únicamente con una visión romántica de la existencia, y el mundo lo ha triturado. Hasta su cadáver termina sometido al grotesco espectáculo de sus amigos, del cochero y de la miseria cotidiana.

Villasús constituye, desde esta perspectiva, otra respuesta fracasada al mismo problema que atormenta a Andrés. Si Hurtado corre el riesgo de vivir únicamente en el Árbol de la Ciencia, Villasús ha intentado refugiarse en una especie de árbol de la poesía. Ninguno de los dos extremos parece suficiente. La inteligencia sin vida conduce a la parálisis; pero la belleza, la rebeldía o el idealismo sin una relación eficaz con la realidad pueden terminar también aplastados por ella.

Andrés Hurtado: la enfermedad de comprender demasiado

Reducir El árbol de la ciencia a una novela de crítica social sería, sin embargo, quedarse a mitad del camino. Su verdadero centro es Andrés Hurtado y el problema que representa: qué sucede cuando una persona posee suficiente inteligencia para advertir las contradicciones del mundo pero carece de una filosofía que le permita vivir dentro de él.

Andrés observa continuamente. Analiza. Desmonta. Encuentra imposturas. Detecta injusticias. Descubre contradicciones. El problema es que ese mecanismo intelectual, extraordinariamente útil para diagnosticar la realidad, va destruyendo poco a poco su capacidad para participar en ella. La lucidez, cuando no conduce a ninguna forma de acción, puede convertirse en una enfermedad.

Ahí reside una de las ideas más modernas de la novela. Andrés no sufre porque ignore el funcionamiento del mundo. Sufre precisamente porque cree comprenderlo. Y cuanto mejor lo comprende, menos capaz parece de reconciliarse con él.

El Árbol de la Ciencia y el Árbol de la Vida: una falsa elección

La larga conversación con Iturrioz, situada deliberadamente en el centro de la novela, proporciona la clave filosófica del libro. Frente al Árbol de la Ciencia, asociado al conocimiento, al análisis y a la conciencia, aparece el Árbol de la Vida: actuar, vivir, adaptarse, desear y aceptar incluso una determinada cantidad de ilusión para poder seguir adelante.

Andrés ha comido demasiado del primero. Necesita comprender antes de aceptar y somete la realidad a un interrogatorio permanente. Pero la realidad no está obligada a proporcionar respuestas satisfactorias. La ciencia puede explicar mecanismos, enfermedades o procesos naturales; resulta mucho menos eficaz cuando se le exige que explique por qué merece la pena vivir.

Sin embargo, después de terminar la novela, no estoy seguro de aceptar completamente la oposición que plantea Iturrioz. Quizá el Árbol de la Ciencia y el Árbol de la Vida no sean excluyentes. Quizá sea precisamente mediante el conocimiento como el hombre puede conquistar una vida mejor. No se trataría de abandonar la ciencia para vivir, sino de conseguir que la ciencia deje de ser contemplación estéril y se transforme en creación, acción y dominio sobre la realidad.

Y resulta significativo que la propia novela ofrezca una prueba de ello.

Cuando Andrés comienza, por fin, a vencer

El mejor momento de la vida de Andrés Hurtado llega precisamente cuando consigue reconciliar esos dos árboles. Está casado con Lulú, ha conseguido cierta tranquilidad económica y doméstica, deja de recorrer hospitales, consultas miserables, escaleras y tugurios y puede dedicar su inteligencia a un trabajo que ya no consiste únicamente en contemplar la enfermedad de España.

Trabaja para una revista médica. Al principio traduce artículos, pero después empieza a realizar estudios propios. Sus trabajos tienen éxito y el director de la publicación le anima a abandonar las traducciones para realizar «trabajos originales». Por primera vez Andrés no se limita a diagnosticar, comentar o despreciar. Crea conocimiento.

Y esto me parece fundamental. En aquella España que Baroja dibuja poblada de señoritos, marujas, garrulos, chulos, arribistas, pobres resignados y mujeres auténticamente resabiadas por la necesidad de sobrevivir, Andrés encuentra finalmente una posición desde la que no es ni víctima ni espectador. Se convierte en un científico creador.

La diferencia es enorme. Durante toda la novela su inteligencia había servido fundamentalmente para descubrir por qué funcionaba mal el mundo. Ahora empieza a utilizarla para producir algo que antes no existía. Ya no es únicamente el hombre que contempla desde fuera la corriente de la vida. Ha entrado en ella utilizando precisamente el Árbol de la Ciencia.

Por eso creo que aquí la novela permite una lectura algo distinta de su pesimismo explícito. Para alcanzar una verdadera victoria en el Árbol de la Vida puede ser necesario utilizar el Árbol de la Ciencia. Saber para actuar. Comprender para crear. Analizar para transformar. La inteligencia deja entonces de ser una condena y se convierte en herramienta.

Andrés, además, ha encontrado en Lulú algo que ninguna filosofía había conseguido darle: afecto, complicidad, normalidad, deseo de regresar a casa. Ciencia y amor, trabajo y vida cotidiana, razón y afecto parecen haber alcanzado por fin un equilibrio.

Lulú: la reconciliación con la vida

Lulú resulta esencial porque frente a tantos personajes retóricos, presumidos, hipócritas o simplemente vacíos, posee una cualidad extraordinariamente barojiana: es auténtica. No necesita representar continuamente un papel.

La relación entre ambos introduce algo que hasta entonces parecía casi imposible para Andrés: una cierta reconciliación con la existencia. El matrimonio, la intimidad, su trabajo intelectual y una vida relativamente apartada del ruido social construyen durante un tiempo una especie de refugio contra España y contra sí mismo.

Andrés no ha solucionado filosóficamente el problema de la existencia. Ha encontrado algo mejor: una forma de vivirla.

La tragedia: cuando todo comenzaba a funcionar

Y precisamente entonces llega la tragedia.

Lulú queda embarazada. El parto se complica por una procidencia del cordón umbilical: el cordón queda comprimido y el niño muere durante el parto. Después, Lulú no consigue expulsar la placenta; esta parece haberse quedado adherida, debe ser extraída y se produce una fuerte hemorragia. Su organismo no logra recuperarse y muere al tercer día.

Sería excesivo afirmar que Baroja construyó deliberadamente una alegoría política con estos detalles médicos. Pero resulta difícil resistirse, como lector, a una interpretación simbólica. El hijo muere porque se estrangula precisamente el conducto que debía proporcionarle vida.

Hay algo terriblemente barojiano en esa imagen: una vida nueva, a punto de nacer, que no consigue respirar porque aquello que debía alimentarla termina comprimiéndose contra ella. Quizá pueda verse ahí, aunque sea desde nuestra lectura y no necesariamente desde la intención consciente del autor, un trasunto de esa España claustrofóbica que aparece durante toda la novela: una sociedad capaz de asfixiar aquello que intenta nacer dentro de ella.

Y después muere también Lulú. Es decir, cuando Andrés había conseguido finalmente una existencia razonablemente feliz; cuando había unido amor, serenidad, ciencia y creación; cuando empezaba a producir investigación original en lugar de limitarse a contemplar la estupidez que le rodeaba, la realidad golpea con una violencia absoluta.

La frase que pronuncia Iturrioz después de la muerte de Lulú adquiere entonces una crueldad extraordinaria:

«¡Este muchacho ahora marchaba tan bien!»

Exactamente. Marchaba bien. Y eso es lo terrible.

Una novela autobiográfica y generacional

Buena parte de la fuerza de la novela procede de que Baroja conoce aquello de lo que habla. Estudió Medicina, conoció hospitales, profesores y disecciones, ejerció como médico rural y trasladó muchas de aquellas experiencias a Andrés Hurtado. Por eso determinados episodios poseen una textura difícil de falsificar.

Andrés es en parte una contrafigura del propio Baroja, pero termina siendo algo más: la representación de una generación que observa el retraso cultural, científico y político de España y se pregunta cómo es posible reformar un país que parece resistirse incluso a reconocer sus enfermedades.

El Desastre del 98 aparece en ese sentido casi como confirmación histórica del diagnóstico. España descubre brutalmente la distancia entre la imagen que conserva de sí misma y su verdadera situación. Lo mismo les ocurre constantemente a los individuos que habitan la novela.

Lo que menos me convence

El pesimismo de Baroja es también, paradójicamente, una de las limitaciones de la obra. Su bisturí corta con tanta eficacia que en ocasiones parece haber decidido el diagnóstico antes de abrir al paciente. Casi cualquier institución está podrida, casi todo entusiasmo resulta ingenuo y detrás de demasiadas personas aparecen inmediatamente el egoísmo, la estupidez o el interés.

Esa mirada produce páginas extraordinariamente lúcidas, pero puede generar también una cierta monotonía moral. El mundo de Andrés Hurtado ofrece pocas posibilidades verdaderas de regeneración. Y cuando uno contempla permanentemente la realidad desde la perspectiva del fracaso, corre el riesgo de terminar encontrándolo en todas partes.

Villasús proporciona un buen ejemplo. Baroja parece ensañarse con su romanticismo, pero cabría hacerle una objeción: quizá una sociedad que convierte al poeta en un mendigo no demuestra necesariamente el fracaso de la poesía; quizá demuestre también el fracaso de la sociedad que no sabe qué hacer con sus poetas.

Tampoco es Baroja un novelista especialmente preocupado por la perfección formal en el sentido clásico. Algunos personajes aparecen y desaparecen, determinadas escenas parecen episodios casi independientes y la narración avanza a veces mediante acumulación. Pero precisamente ese estilo rápido, directo y aparentemente descuidado proporciona al libro buena parte de su vitalidad. Baroja escribe como Andrés observa: sin demasiados adornos y buscando rápidamente el órgano enfermo.

Una novela que envejece demasiado bien

Lo inquietante de El árbol de la ciencia no es descubrir cómo era España hace más de un siglo. Lo inquietante es reconocer determinadas inercias. El caciquismo ha cambiado de apariencia; las instituciones son otras; la sociedad española es incomparablemente más rica, democrática, educada y desarrollada que aquella que recorrió Andrés Hurtado. Pretender lo contrario sería absurdo.

Pero sobreviven comportamientos que Baroja reconocería inmediatamente: la división política convertida en identidad tribal, la mediocridad protegida por determinadas estructuras, la distancia entre el discurso institucional y la realidad, la resignación ante aquello que parece imposible cambiar y esa peculiar capacidad española para alternar el fatalismo de unos con la suficiencia de otros.

Quizá por eso esta segunda lectura me ha impresionado mucho más que la primera. A determinadas edades uno lee la desesperación de Andrés Hurtado como una posición filosófica. Después de haber trabajado, estudiado, conocido instituciones, pueblos, ciudades, personas generosas, mediocres, brillantes, egoístas y resignadas, algunas páginas dejan de parecer filosofía y empiezan a parecer experiencia reconocible.

El árbol de la ciencia es una novela sobre España, pero sobre todo es una novela sobre el peligro de la lucidez cuando esta no encuentra una vía para transformarse en acción. Andrés Hurtado quiere comprender el mundo para poder vivir en él y durante buena parte del libro parece descubrir una paradoja terrible: cuanto más comprende, más difícil le resulta vivir.

Sin embargo, creo que el propio desenlace permite añadir algo a esa conclusión. Durante un breve periodo Andrés demuestra que existe otra posibilidad. Cuando utiliza su inteligencia para investigar, cuando deja de limitarse a juzgar el mundo y comienza a crear conocimiento, cuando ama a Lulú y es amado por ella, el Árbol de la Ciencia y el Árbol de la Vida dejan de combatir entre sí.

Quizá esa fuese la verdadera salida que Andrés estuvo a punto de encontrar: no elegir entre conocer o vivir, sino conocer para vivir mejor; utilizar la inteligencia no sólo como bisturí con el que abrir en canal la realidad, sino también como herramienta para transformarla.

No fracasa entonces porque la ciencia le haya alejado definitivamente de la vida. Cuando por fin empieza a conjugarlas, interviene el azar, la biología, la tragedia. Mueren el hijo y Lulú, y con ellos desaparece el pequeño mundo que Andrés había logrado construir. Después de haber contemplado durante toda la novela una sociedad que destruía lentamente a los débiles, es finalmente la propia naturaleza la que destruye aquello que él había conseguido salvar.

Quizá por eso hay libros que uno debe releer. La obra permanece idéntica en la estantería, pero el lector que vuelve a abrirla ya no es el mismo. Y sospecho que El árbol de la ciencia pertenece especialmente a esa clase de libros: los que no cambian, pero esperan a que nosotros cambiemos para empezar a decirnos cosas.

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