El árbol de la ciencia
Acabo de releer El árbol de la ciencia, de Pío Baroja, y he de decir que esta vez sí que ha sido el momento adecuado para leerlo. No recuerdo si la autoridad docente mandó su lectura en BUP o COU o si lo leí mientras cursaba Ingeniería. Sí recuerdo, vagamente, haberlo leído. Pero leer un libro y encontrarse con él son dos cosas distintas. Esta vez me he encontrado con Baroja.
Uno no sale indemne de su lectura si ha transitado por determinados lugares y situaciones de la vida, y de la vida en España concretamente. Porque bajo la apariencia de una novela escrita hace más de un siglo aparece un país que, en determinados comportamientos colectivos, resulta incómodamente reconocible. Cambian las instituciones, las profesiones, las costumbres y el decorado; resulta más difícil asegurar que hayan cambiado en la misma proporción algunos mecanismos humanos y sociales.
Una autopsia de la sociedad española
La crítica que Baroja hace de la sociedad de su época es ácida y al mismo tiempo precisa, como si utilizara el escalpelo del médico joven que fue. Le horrorizan la sumisión de las clases pobres, la chulería y la petulancia de quienes se encuentran por encima de ellas y, sobre todo, la constatación de que el mecanismo general de la sociedad no hace sino reproducir y agravar las diferencias.
Baroja no contempla la pobreza desde la sentimentalidad. Tampoco idealiza al pobre por el hecho de serlo ni convierte automáticamente al poderoso en una caricatura moral. Su mirada resulta más desagradable precisamente porque es más pesimista: el ambiente acaba deformando también a quienes lo padecen. La miseria económica produce miseria moral; la ignorancia genera resignación, brutalidad o picaresca; y el privilegio genera desprecio, parasitismo o indiferencia. No existe una clase social que conserve intacta su inocencia.
En Madrid, esa percepción llega a adquirir para Andrés una dimensión casi biológica. Contempla a los señoritos que encuentra en las casas de prostitución: fuertes, bien alimentados, saludables, junto a unas mujeres agotadas que venden una alegría ficticia. Y acaba creyendo descubrir dos evoluciones humanas que marchan en sentidos contrarios. La gente rica va «hermoseándose, fortificándose, convirtiéndose en casta», mientras las clases pobres se debilitan y degeneran.
Es una imagen terrible porque la desigualdad deja de ser exclusivamente económica. El dinero proporciona alimentación, salud, educación, belleza, fuerza física, tiempo y posibilidades; la miseria, por el contrario, termina introduciéndose literalmente en los cuerpos. Los ricos no solamente poseen más: acaban teniendo mejores instrumentos para seguir venciendo. Baroja lleva la desigualdad social casi al terreno de la selección natural.
Esa ausencia de complacencia es una de las grandes virtudes del libro. Baroja no construye una sociedad dividida simplemente entre buenos y malos. Construye algo mucho más incómodo: un ecosistema.
Alcolea: España reducida a un pueblo
El tránsito de Andrés Hurtado por Alcolea es probablemente uno de los momentos donde esa disección alcanza mayor claridad. Allí están la familia que le alquila la casa, los hombres que frecuentan el casino, las jerarquías locales, las murmuraciones y, por supuesto, la división política entre Ratones y Mochuelos. ¡Allí también!
Resulta difícil no sonreír ante esa división política y, al mismo tiempo, sentir cierta incomodidad. Baroja convierte el pequeño pueblo en una representación a escala de una España en la que las etiquetas políticas parecen tener mucha más vitalidad que las ideas. Ratones y Mochuelos se enfrentan, pero el mecanismo profundo permanece prácticamente intacto. Cambian quienes ocupan determinadas posiciones; no cambia el sistema que las sostiene.
Alcolea se convierte así en algo más que una etapa profesional del protagonista. Es un laboratorio social. Andrés llega como médico, observa, diagnostica y termina marchándose con una enfermedad que no puede tratar: la convicción creciente de que la sociedad no solamente está mal organizada, sino que sus propios miembros colaboran, consciente o inconscientemente, en perpetuar aquello que los oprime.
Madrid: herbívoros, carnívoros y chulos
El regreso a Madrid no mejora el diagnóstico. Especialmente reveladora resulta su actividad como médico de higiene, dando el visto bueno sanitario a las prostitutas de las casas de citas, pastoreadas por celestinas y por chulos. Allí termina de perfilarse esa visión pesimista que presenta a la sociedad como una convivencia desigual entre criaturas carnívoras y herbívoras, donde unas prosperan precisamente porque otras son devoradas.
Es una de las intuiciones más poderosas de la novela. La explotación no aparece como una anomalía ocasional del sistema, sino como uno de sus mecanismos. Para que algunos puedan vivir de determinada manera es necesario que otros estén debajo. El ascenso de unos exige la caída, la utilización o la resignación de otros. La sociedad adquiere así ante Andrés una estructura casi zoológica: depredadores, presas y organismos que aprenden a sobrevivir como pueden.
La irritación de Hurtado termina por alcanzar momentos casi febriles. A la vuelta de una corrida de toros, contempla aquella masa satisfecha y fantasea con una solución brutal:
«Pensaba en el placer que sería para él poner en cada bocacalle una media docena de ametralladoras».
No creo que deba leerse literalmente como un programa de violencia, sino como expresión del grado extremo de asco, impotencia y desesperación al que ha llegado el personaje. Aquella multitud que regresa satisfecha de contemplar la sangre en el ruedo simboliza para él una España de chulos, bravatas, cobardías y entusiasmos colectivos que se desinflan cuando llega el momento de asumir responsabilidades reales. Es la misma sociedad que vocifera, presume y exige heroísmo a otros mientras protege cuidadosamente su propia comodidad.
Villasús y la derrota de la bohemia
En medio de este recorrido aparece también Rafael Villasús, personaje aparentemente secundario pero extraordinariamente significativo. Villasús ha decidido vivir como poeta, como artista, como bohemio; ha desafiado a la riqueza y a las convenciones burguesas. Pero el resultado de su rebelión no es la libertad. Es la miseria, la locura y la derrota.
Cuando Andrés vuelve a encontrarlo, aquel hombre que había querido vivir heroicamente de acuerdo con una concepción romántica del arte ha envejecido de manera terrible, está ciego y prácticamente demente. Su muerte reúne a su alrededor una corte de bohemios miserables que todavía intentan convertir el fracaso en representación artística.
«¡Tú eras un poeta! ¡Tú eras un genio!... ¡En la miseria!, porque soy un bohemio».
Hay algo cruel en la forma en que Baroja contempla esa escena, pero también algo profundamente revelador. La belleza, la poesía y las grandes palabras no bastan para derrotar a la realidad. Villasús ha querido enfrentarse al mundo armado únicamente con una visión romántica de la existencia, y el mundo lo ha triturado. Hasta su cadáver termina sometido al grotesco espectáculo de sus amigos, del cochero y de la miseria cotidiana.
Villasús constituye, desde esta perspectiva, otra respuesta fracasada al mismo problema que atormenta a Andrés. Si Hurtado corre el riesgo de vivir únicamente en el Árbol de la Ciencia, Villasús ha intentado refugiarse en una especie de árbol de la poesía. Ninguno de los dos extremos parece suficiente. La inteligencia sin vida conduce a la parálisis; pero la belleza, la rebeldía o el idealismo sin una relación eficaz con la realidad pueden terminar también aplastados por ella.
Andrés Hurtado: la enfermedad de comprender demasiado
Reducir El árbol de la ciencia a una novela de crítica social sería, sin embargo, quedarse a mitad del camino. Su verdadero centro es Andrés Hurtado y el problema que representa: qué sucede cuando una persona posee suficiente inteligencia para advertir las contradicciones del mundo pero carece de una filosofía que le permita vivir dentro de él.
Andrés observa continuamente. Analiza. Desmonta. Encuentra imposturas. Detecta injusticias. Descubre contradicciones. El problema es que ese mecanismo intelectual, extraordinariamente útil para diagnosticar la realidad, va destruyendo poco a poco su capacidad para participar en ella. La lucidez, cuando no conduce a ninguna forma de acción, puede convertirse en una enfermedad.
Ahí reside una de las ideas más modernas de la novela. Andrés no sufre porque ignore el funcionamiento del mundo. Sufre precisamente porque cree comprenderlo. Y cuanto mejor lo comprende, menos capaz parece de reconciliarse con él.
El Árbol de la Ciencia y el Árbol de la Vida: una falsa elección
La larga conversación con Iturrioz, situada deliberadamente en el centro de la novela, proporciona la clave filosófica del libro. Frente al Árbol de la Ciencia, asociado al conocimiento, al análisis y a la conciencia, aparece el Árbol de la Vida: actuar, vivir, adaptarse, desear y aceptar incluso una determinada cantidad de ilusión para poder seguir adelante.
Andrés ha comido demasiado del primero. Necesita comprender antes de aceptar y somete la realidad a un interrogatorio permanente. Pero la realidad no está obligada a proporcionar respuestas satisfactorias. La ciencia puede explicar mecanismos, enfermedades o procesos naturales; resulta mucho menos eficaz cuando se le exige que explique por qué merece la pena vivir.
Sin embargo, después de terminar la novela, no estoy seguro de aceptar completamente la oposición que plantea Iturrioz. Quizá el Árbol de la Ciencia y el Árbol de la Vida no sean excluyentes. Quizá sea precisamente mediante el conocimiento como el hombre puede conquistar una vida mejor. No se trataría de abandonar la ciencia para vivir, sino de conseguir que la ciencia deje de ser contemplación estéril y se transforme en creación, acción y dominio sobre la realidad.
Y resulta significativo que la propia novela ofrezca una prueba de ello.
Cuando Andrés comienza, por fin, a vencer
El mejor momento de la vida de Andrés Hurtado llega precisamente cuando consigue reconciliar esos dos árboles. Está casado con Lulú, ha conseguido cierta tranquilidad económica y doméstica, deja de recorrer hospitales, consultas miserables, escaleras y tugurios y puede dedicar su inteligencia a un trabajo que ya no consiste únicamente en contemplar la enfermedad de España.
Trabaja para una revista médica. Al principio traduce artículos, pero después empieza a realizar estudios propios. Sus trabajos tienen éxito y el director de la publicación le anima a abandonar las traducciones para realizar «trabajos originales». Por primera vez Andrés no se limita a diagnosticar, comentar o despreciar. Crea conocimiento.
Y esto me parece fundamental. En aquella España que Baroja dibuja poblada de señoritos, marujas, garrulos, chulos, arribistas, pobres resignados y mujeres auténticamente resabiadas por la necesidad de sobrevivir, Andrés encuentra finalmente una posición desde la que no es ni víctima ni espectador. Se convierte en un científico creador.
La diferencia es enorme. Durante toda la novela su inteligencia había servido fundamentalmente para descubrir por qué funcionaba mal el mundo. Ahora empieza a utilizarla para producir algo que antes no existía. Ya no es únicamente el hombre que contempla desde fuera la corriente de la vida. Ha entrado en ella utilizando precisamente el Árbol de la Ciencia.
Por eso creo que aquí la novela permite una lectura algo distinta de su pesimismo explícito. Para alcanzar una verdadera victoria en el Árbol de la Vida puede ser necesario utilizar el Árbol de la Ciencia. Saber para actuar. Comprender para crear. Analizar para transformar. La inteligencia deja entonces de ser una condena y se convierte en herramienta.
Andrés, además, ha encontrado en Lulú algo que ninguna filosofía había conseguido darle: afecto, complicidad, normalidad, deseo de regresar a casa. Ciencia y amor, trabajo y vida cotidiana, razón y afecto parecen haber alcanzado por fin un equilibrio.
Lulú: la reconciliación con la vida
Lulú resulta esencial porque frente a tantos personajes retóricos, presumidos, hipócritas o simplemente vacíos, posee una cualidad extraordinariamente barojiana: es auténtica. No necesita representar continuamente un papel.
La relación entre ambos introduce algo que hasta entonces parecía casi imposible para Andrés: una cierta reconciliación con la existencia. El matrimonio, la intimidad, su trabajo intelectual y una vida relativamente apartada del ruido social construyen durante un tiempo una especie de refugio contra España y contra sí mismo.
Andrés no ha solucionado filosóficamente el problema de la existencia. Ha encontrado algo mejor: una forma de vivirla.
La tragedia: cuando todo comenzaba a funcionar
Y precisamente entonces llega la tragedia.
Lulú queda embarazada. El parto se complica por una procidencia del cordón umbilical: el cordón queda comprimido y el niño muere durante el parto. Después, Lulú no consigue expulsar la placenta; esta parece haberse quedado adherida, debe ser extraída y se produce una fuerte hemorragia. Su organismo no logra recuperarse y muere al tercer día.
Sería excesivo afirmar que Baroja construyó deliberadamente una alegoría política con estos detalles médicos. Pero resulta difícil resistirse, como lector, a una interpretación simbólica. El hijo muere porque se estrangula precisamente el conducto que debía proporcionarle vida.
Hay algo terriblemente barojiano en esa imagen: una vida nueva, a punto de nacer, que no consigue respirar porque aquello que debía alimentarla termina comprimiéndose contra ella. Quizá pueda verse ahí, aunque sea desde nuestra lectura y no necesariamente desde la intención consciente del autor, un trasunto de esa España claustrofóbica que aparece durante toda la novela: una sociedad capaz de asfixiar aquello que intenta nacer dentro de ella.
Y después muere también Lulú. Es decir, cuando Andrés había conseguido finalmente una existencia razonablemente feliz; cuando había unido amor, serenidad, ciencia y creación; cuando empezaba a producir investigación original en lugar de limitarse a contemplar la estupidez que le rodeaba, la realidad golpea con una violencia absoluta.
La frase que pronuncia Iturrioz después de la muerte de Lulú adquiere entonces una crueldad extraordinaria:
«¡Este muchacho ahora marchaba tan bien!»
Exactamente. Marchaba bien. Y eso es lo terrible.
Una novela autobiográfica y generacional
Buena parte de la fuerza de la novela procede de que Baroja conoce aquello de lo que habla. Estudió Medicina, conoció hospitales, profesores y disecciones, ejerció como médico rural y trasladó muchas de aquellas experiencias a Andrés Hurtado. Por eso determinados episodios poseen una textura difícil de falsificar.
Andrés es en parte una contrafigura del propio Baroja, pero termina siendo algo más: la representación de una generación que observa el retraso cultural, científico y político de España y se pregunta cómo es posible reformar un país que parece resistirse incluso a reconocer sus enfermedades.
El Desastre del 98 aparece en ese sentido casi como confirmación histórica del diagnóstico. España descubre brutalmente la distancia entre la imagen que conserva de sí misma y su verdadera situación. Lo mismo les ocurre constantemente a los individuos que habitan la novela.
Lo que menos me convence
El pesimismo de Baroja es también, paradójicamente, una de las limitaciones de la obra. Su bisturí corta con tanta eficacia que en ocasiones parece haber decidido el diagnóstico antes de abrir al paciente. Casi cualquier institución está podrida, casi todo entusiasmo resulta ingenuo y detrás de demasiadas personas aparecen inmediatamente el egoísmo, la estupidez o el interés.
Esa mirada produce páginas extraordinariamente lúcidas, pero puede generar también una cierta monotonía moral. El mundo de Andrés Hurtado ofrece pocas posibilidades verdaderas de regeneración. Y cuando uno contempla permanentemente la realidad desde la perspectiva del fracaso, corre el riesgo de terminar encontrándolo en todas partes.
Villasús proporciona un buen ejemplo. Baroja parece ensañarse con su romanticismo, pero cabría hacerle una objeción: quizá una sociedad que convierte al poeta en un mendigo no demuestra necesariamente el fracaso de la poesía; quizá demuestre también el fracaso de la sociedad que no sabe qué hacer con sus poetas.
Tampoco es Baroja un novelista especialmente preocupado por la perfección formal en el sentido clásico. Algunos personajes aparecen y desaparecen, determinadas escenas parecen episodios casi independientes y la narración avanza a veces mediante acumulación. Pero precisamente ese estilo rápido, directo y aparentemente descuidado proporciona al libro buena parte de su vitalidad. Baroja escribe como Andrés observa: sin demasiados adornos y buscando rápidamente el órgano enfermo.
Una novela que envejece demasiado bien
Lo inquietante de El árbol de la ciencia no es descubrir cómo era España hace más de un siglo. Lo inquietante es reconocer determinadas inercias. El caciquismo ha cambiado de apariencia; las instituciones son otras; la sociedad española es incomparablemente más rica, democrática, educada y desarrollada que aquella que recorrió Andrés Hurtado. Pretender lo contrario sería absurdo.
Pero sobreviven comportamientos que Baroja reconocería inmediatamente: la división política convertida en identidad tribal, la mediocridad protegida por determinadas estructuras, la distancia entre el discurso institucional y la realidad, la resignación ante aquello que parece imposible cambiar y esa peculiar capacidad española para alternar el fatalismo de unos con la suficiencia de otros.
Quizá por eso esta segunda lectura me ha impresionado mucho más que la primera. A determinadas edades uno lee la desesperación de Andrés Hurtado como una posición filosófica. Después de haber trabajado, estudiado, conocido instituciones, pueblos, ciudades, personas generosas, mediocres, brillantes, egoístas y resignadas, algunas páginas dejan de parecer filosofía y empiezan a parecer experiencia reconocible.
El árbol de la ciencia es una novela sobre España, pero sobre todo es una novela sobre el peligro de la lucidez cuando esta no encuentra una vía para transformarse en acción. Andrés Hurtado quiere comprender el mundo para poder vivir en él y durante buena parte del libro parece descubrir una paradoja terrible: cuanto más comprende, más difícil le resulta vivir.
Sin embargo, creo que el propio desenlace permite añadir algo a esa conclusión. Durante un breve periodo Andrés demuestra que existe otra posibilidad. Cuando utiliza su inteligencia para investigar, cuando deja de limitarse a juzgar el mundo y comienza a crear conocimiento, cuando ama a Lulú y es amado por ella, el Árbol de la Ciencia y el Árbol de la Vida dejan de combatir entre sí.
Quizá esa fuese la verdadera salida que Andrés estuvo a punto de encontrar: no elegir entre conocer o vivir, sino conocer para vivir mejor; utilizar la inteligencia no sólo como bisturí con el que abrir en canal la realidad, sino también como herramienta para transformarla.
No fracasa entonces porque la ciencia le haya alejado definitivamente de la vida. Cuando por fin empieza a conjugarlas, interviene el azar, la biología, la tragedia. Mueren el hijo y Lulú, y con ellos desaparece el pequeño mundo que Andrés había logrado construir. Después de haber contemplado durante toda la novela una sociedad que destruía lentamente a los débiles, es finalmente la propia naturaleza la que destruye aquello que él había conseguido salvar.
Quizá por eso hay libros que uno debe releer. La obra permanece idéntica en la estantería, pero el lector que vuelve a abrirla ya no es el mismo. Y sospecho que El árbol de la ciencia pertenece especialmente a esa clase de libros: los que no cambian, pero esperan a que nosotros cambiemos para empezar a decirnos cosas.