Pedro Páramo
Leí por primera vez Pedro Páramo, de Juan Rulfo, hace apenas dos días. He de decir que tenía algún prejuicio con esta novela, rodeada de una aureola que me resultaba incomprensible tratándose de un libro tan breve y con una temática, al menos en apariencia, tan sencilla. Un hombre llega a un pueblo buscando a su padre, un antiguo cacique rural. Poco más de cien páginas. ¿De verdad podía esconderse ahí dentro una de las grandes novelas de la literatura en español?
Estaba completamente equivocado.
Porque Pedro Páramo es deslumbrante precisamente por las luces que proyecta desde su oscuridad. Sobre la muerte, el poder, el deseo, la culpa, la religión, el sexo, la memoria y esa peculiar forma de condenación que consiste no tanto en morir como en ser incapaz de terminar de morirse.
Parece casi una proeza que un libro tan breve pueda contener tantos significados y que éstos, además, no estén expuestos sino enterrados. Hay que desenterrarlos, igual que las voces que hablan bajo la tierra de Comala.
Comala: un purgatorio abrasado por el sol
Para mí, Comala es ante todo un Purgatorio. No necesariamente el purgatorio reglamentado por la teología católica, con su contabilidad de pecados, penitencias y absoluciones, sino algo quizá mucho más antiguo y terrible: un lugar donde los muertos permanecen adheridos a aquello que hicieron, desearon o dejaron de hacer.
Comala está vacío y, sin embargo, está lleno. Sus habitantes han desaparecido, pero sus voces continúan agarradas a las paredes, a las habitaciones, a los caminos y a la tierra. Los muertos hablan. Recuerdan. Se justifican. Se reprochan cosas. Repiten conversaciones que ocurrieron décadas atrás. Se revuelven en sus tumbas incapaces de poner término a sus asuntos pendientes.
Son muertos que todavía no han conseguido morir del todo.
De ahí procede buena parte de la fascinación de la novela. Rulfo consigue que lo sobrenatural deje de parecer sobrenatural. Nadie necesita anunciar que estamos entrando en el territorio de los muertos. No hay una frontera, una puerta ni un juicio final. La transición ocurre casi sin que el lector se dé cuenta. En Comala, estar vivo o estar muerto termina siendo solamente una diferencia administrativa.
Juan Preciado: un extranjero entre los muertos
Juan Preciado llega a Comala obedeciendo la promesa que hizo a su madre. Llega todavía vivo, pero lo hace como un extranjero absoluto, casi como un extraterrestre abandonado en un mundo rural cuyas leyes desconoce.
Al principio no comprende absolutamente nada.
No entiende por qué las personas aparecen y desaparecen. No sabe quién está vivo y quién está muerto. No comprende de dónde proceden aquellas voces ni por qué todos parecen conocer a Pedro Páramo. Y tampoco entiende todavía que el pueblo entero que pisa es el resultado final de la voluntad de ese hombre.
Pero la gran genialidad de Rulfo consiste en que Juan Preciado tampoco tarda demasiado en dejar de importarnos como protagonista. La novela que parecía ser suya empieza a escapársele de las manos.
Juan se va diluyendo como un azucarillo entre aquellos espectros resignados, resentidos, culpables o simplemente exhaustos que forman el purgatorio comalense. Hasta que finalmente él mismo pasa a formar parte del murmullo.
El protagonista ha venido buscando a Pedro Páramo y termina enterrado junto a Dorotea, escuchando las voces de otros muertos. El investigador se ha convertido en una pieza más del objeto investigado.
Pedro Páramo: un hombre que consigue poseerlo todo
Poco a poco aparece la figura que da título a la novela. Y Pedro Páramo no es simplemente un cacique. Es algo mucho más interesante: es el poder convertido en persona. La ley es él: no hay rastro de Estado ni de Iglesia.
Su palabra constituye prácticamente la ley sobre las tierras, sobre las deudas, sobre los hombres y, muy especialmente, sobre las mujeres. Compra, amenaza, engaña, ordena, seduce, dispone matrimonios, expande la Media Luna y convierte paulatinamente a Comala en una prolongación de su voluntad.
Lo extraordinario es que Rulfo no necesita describir largas escenas de violencia para transmitir ese dominio. El verdadero poder de Pedro Páramo reside en que los demás han interiorizado ya su poder antes de que él tenga que ejercerlo.
Todos saben quién manda.
Y ésa es probablemente la forma más perfecta de dominación.
Las mujeres de Pedro Páramo
El dominio de Pedro Páramo sobre las mujeres constituye uno de los aspectos más perturbadores del personaje. No se trata únicamente de deseo sexual. En su mundo, el sexo aparece unido continuamente a la jerarquía.
Pedro puede acostarse con las mujeres de su entorno porque es Pedro Páramo. La disponibilidad femenina parece incluida, de alguna manera, entre los atributos de su cacicazgo.
Hay una escena especialmente reveladora por la naturalidad con la que Rulfo la presenta. Damiana Cisneros ve la enorme sombra de Pedro junto a la ventana de la chacha Margarita y entiende inmediatamente lo que ocurre:
«No se le quita lo gatero.»
Y ahí está todo. Ni conquista amorosa, ni cortejo, ni romanticismo. Pedro se desplaza de noche por su propiedad buscando mujeres con la misma naturalidad con la que podría recorrer sus tierras. El detalle resulta incluso cómico, pero detrás de la comicidad está la impunidad absoluta del patrón.
Lo interesante es que ese hombre que parece poder poseer a cualquier mujer encontrará una que destruye completamente las reglas de su mundo.
Susana San Juan.
Susana: la única propiedad que Pedro Páramo no puede adquirir
Pedro Páramo puede conseguir tierras, voluntades, silencios, cuerpos y obediencias. Puede convertir las deudas ajenas en propiedades propias. Puede eliminar enemigos. Puede incluso doblar a quienes representan sobre el papel poderes distintos del suyo.
Pero no puede conseguir a Susana San Juan.
O, mejor dicho, puede conseguir su cuerpo, instalarla en la Media Luna, convertirla socialmente en su mujer y rodearla de criados. Lo que no puede conseguir es aquello que realmente desea: entrar en su mundo interior.
Ahí se produce la gran derrota del cacique.
Pedro ha esperado décadas. Ha acumulado poder. Ha construido prácticamente un reino. Pero cuando por fin tiene a Susana en su casa descubre que el poder que funciona sobre todo Comala no sirve para penetrar en la única persona que verdaderamente le importa.
Puede poseer su presente.
Pero el pasado de Susana pertenece a Florencio.
Florencio, el mar y el lugar donde Pedro no puede entrar
Algunos de los párrafos más bellos de la novela son precisamente aquellos en los que Susana abandona mentalmente Comala y regresa al mar y a Florencio, su primer marido.
Frente a la tierra seca de Pedro Páramo aparece entonces el agua. Frente a la propiedad, el deseo. Frente al encierro de la Media Luna, la extensión ilimitada del mar. Frente al cacique que pretende poseerla, el hombre al que ella recuerda deseando.
«En el mar sólo me sé bañar desnuda.»
La escena posee un erotismo extraordinario, pero su importancia va mucho más allá del sexo. Susana recuerda su cuerpo libre en la arena, el agua subiendo sobre él, el baño compartido y la intimidad con Florencio. El mar la envuelve precisamente de una manera que Pedro Páramo jamás conseguirá hacerlo.
Hay aquí una oposición simbólica que me parece bellísima: Pedro es la tierra; Florencio es el agua.
Pedro posee la Media Luna, las parcelas, el polvo, los caminos y prácticamente todo aquello que puede medirse, comprarse o escriturarse. Florencio posee justamente lo que no puede convertirse en propiedad: el recuerdo del deseo de Susana.
Por eso Pedro Páramo gana todas las batallas menos la única que le importa.
Hay que matar al padre
El episodio de Bartolomé San Juan demuestra hasta dónde está dispuesto a llegar Pedro. La presencia del padre constituye un obstáculo entre él y Susana y, para un hombre acostumbrado a convertir sus deseos en órdenes, los obstáculos no se aceptan: se eliminan.
La conversación con Fulgor Sedano resulta espeluznante precisamente porque el asesinato se organiza con la naturalidad de un trámite administrativo. Pedro decide enviar a Bartolomé de nuevo a las minas de La Andrómeda, un lugar aislado donde será fácil hacerlo desaparecer. El objetivo queda formulado con una frialdad monstruosa:
«Tiene que quedarse huérfana.»
Y esto define perfectamente a Pedro Páramo. Si para conseguir a la mujer que ama necesita asesinar a su padre, asesina a su padre. No existe para él una frontera moral independiente de su voluntad.
Sin embargo, el crimen tampoco funciona.
Bartolomé desaparece, pero Pedro sigue sin alcanzar a Susana. Al contrario: cada muerto que Pedro coloca entre él y ella parece alejarla un poco más.
El padre Rentería: cuando hasta Dios se somete al cacique
Quizá ningún personaje me resulte tan miserable como el padre Rentería. Pedro ha violado a su sobrina y no es capaz de degollar al cacique.
Y precisamente por eso es uno de los mejores personajes de la novela.
Rentería conoce el mal. Sabe perfectamente quién es Pedro Páramo. Conoce los abusos de Miguel, conoce la miseria del pueblo, conoce el sufrimiento de sus feligreses y sabe hasta qué punto la Media Luna ha contaminado Comala.
Pero depende económicamente del cacique.
Y esa dependencia corrompe incluso su administración de la salvación.
Resulta difícil imaginar una crítica más feroz a la religión institucional: el sacerdote que debería representar una ley superior termina atrapado dentro de la misma red de poder que los campesinos. La Iglesia queda atrapada en el Purgatorio con vistas al Infierno.
Pedro Páramo no domina solamente las tierras de Comala. Ha conseguido que incluso la administración terrenal de Dios dependa de él. El cacique posee las cosechas, las casas, las voluntades y el dinero que mantiene a la Iglesia. El padre Rentería puede hablar del cielo y del infierno, pero en Comala sabe perfectamente quién paga las cuentas.
Ésa es una de las razones por las que mi lectura de Comala como purgatorio me resulta tan sugerente. Los muertos permanecen allí cargando con culpas que una Iglesia también culpable ha sido incapaz de resolver.
Los vivos estaban sometidos a Pedro Páramo.
Los muertos parecen continuar padeciendo las consecuencias.
Cobardes, malos y condenados a seguir hablando
Comala bulle de rencor, remordimientos, deseos incumplidos y cuentas pendientes. Pero lo verdaderamente cruel es que ya no existe posibilidad de venganza. Eso es el Purgatorio.
La venganza pertenece a los vivos.
A los muertos sólo les queda recordar.
Y quizá ésa sea su verdadera condena: repetir eternamente las escenas que los convirtieron en lo que fueron. Ninguno puede volver atrás. Ninguno puede tener el valor que no tuvo, rechazar la orden que obedeció, amar a quien no amó o impedir el daño que consintió.
Muchos están allí por malos. Otros quizá por cobardes. Y algunos por ambas cosas, que a partir de cierta edad pueden terminar siendo casi la misma.
Porque la cobardía sostenida durante años deja de ser simplemente miedo. Se convierte en colaboración. El sistema de Pedro Páramo funciona precisamente porque alrededor del gran cacique existen decenas de pequeños silencios.
Susana San Juan no pertenece a Comala
Y aquí aparece la excepción.
Susana San Juan.
Susana vive físicamente dentro de la Media Luna, pero mentalmente está fuera de Comala. Pedro cree que su locura la encierra; paradójicamente, esa misma locura quizá sea lo que la vuelve inaccesible para él.
Todos los demás personajes giran de alguna forma alrededor del cacique. Le temen, le deben, trabajan para él, han sido perjudicados por él, son hijos suyos o viven de su protección. Susana es distinta.
Pedro Páramo ocupa Comala, pero no ocupa la conciencia de Susana.
Su verdadero territorio está construido con recuerdos: la infancia, el mar, el cuerpo, Florencio.
La muerte de Susana: ¿la única que va al Paraíso?
La agonía de Susana concentra buena parte de la potencia religiosa, erótica y simbólica de la novela.
El padre Rentería llega para prepararla para la muerte e intenta introducirla en el lenguaje cristiano de la culpa, el castigo, el juicio y el infierno. Pero mientras el sacerdote habla de muerte, Susana piensa en amor.
Mientras él pretende llenar su conciencia de imágenes de condenación, ella vuelve a Florencio. Incluso al recibir la comunión, sus palabras no están dirigidas verdaderamente al sacerdote ni a Pedro Páramo:
«Hemos pasado un rato muy feliz, Florencio.»
Me parece uno de los momentos más hermosos de toda la novela. Por encima del Estado y la Iglesia ausentes. Por encima del cacique.
Porque mientras Comala está poblada por muertos que continúan encadenados a sus culpas, Susana muere pensando en aquello que amó. El padre Rentería intenta llevarla hacia el miedo; ella se marcha hacia Florencio.
Y aquí me permito una interpretación que la novela no confirma, pero que me parece coherente con ese Comala entendido como purgatorio: quizá Susana San Juan sea una de las pocas personas de la novela que va directamente al Paraíso.
«mirando cuando te ibas, siguiendo el camino del cielo [...] Pasaste rozando con tu cuerpo las ramas del paraíso que está en la vereda».
No necesariamente al Paraíso del padre Rentería. Quizá a uno mucho más sencillo: el lugar donde está Florencio.
Susana no necesita ya a Pedro, ni a la Media Luna, ni al sacerdote, ni a Comala. En el último instante parece pertenecer únicamente a su memoria amorosa.
Y si Pedro Páramo ha conseguido durante toda su vida que los demás hombres se sometan a su voluntad, Susana obtiene contra él una victoria absoluta y silenciosa: muere sin haberle pertenecido jamás de verdad.
Cuando muere Susana, muere también Comala
La muerte de Susana desencadena además uno de los acontecimientos más terribles del libro. Las campanas comienzan a tocar durante tanto tiempo que terminan atrayendo gente de otros pueblos. Lo que debería ser duelo acaba transformándose grotescamente en una celebración.
Para Pedro Páramo aquello constituye la última afrenta.
Y entonces hace lo que solamente puede hacer un hombre que posee un pueblo entero: decide abandonarlo.
No necesita incendiar Comala. No necesita fusilar a sus habitantes. Le basta con dejar de sostenerla.
Ésa es quizá la demostración definitiva de hasta qué punto la estructura económica y social del pueblo dependía de él. Pedro se retira, la Media Luna se paraliza y Comala empieza lentamente a secarse.
El pueblo muere porque quien lo dominaba decide dejarlo morir.
Y todo porque la única mujer que Pedro Páramo quiso de verdad murió pensando en otro hombre.
Pedro Páramo ha vencido a todos excepto a Susana
Ahí encuentro una de las ironías más hermosas de la novela.
Pedro Páramo dedica su vida a acumular poder para conseguir aquello que desea. Somete tierras, personas e instituciones. Elimina obstáculos. Hace desaparecer al padre de Susana. Espera durante décadas. Finalmente la instala a pocos metros de él.
Y entonces descubre la limitación esencial del poder: puede obligar a una persona a estar a tu lado, pero no puede obligarla a amarte.
Todo el cacicazgo de Pedro Páramo se estrella contra esa frontera.
Susana está físicamente en su cama y mentalmente bañándose desnuda en un mar que Pedro probablemente ni siquiera comprende, junto a un muerto contra el que no puede competir.
Es extraordinario.
El hombre que controla a los vivos termina derrotado por el recuerdo de un muerto.
Una novela hecha de murmullos
Formalmente, Pedro Páramo es también una proeza. Rulfo rompe el tiempo, cambia de voces, hace desaparecer al narrador, mezcla recuerdos con conversaciones y muertos con vivos sin colocar señales para tranquilizar al lector.
Al principio puede resultar desconcertante.
¿Quién habla? ¿Cuándo sucede esto? ¿Este personaje está vivo? ¿Está muerto? ¿Estamos escuchando un recuerdo, una conversación real o la voz de alguien enterrado?
Pero llega un momento en que uno deja de intentar reconstruir obsesivamente la cronología y acepta las reglas de Comala. Entonces la novela empieza a funcionar de una manera casi musical.
Las voces aparecen, se interrumpen, regresan muchos años antes, saltan hacia delante y vuelven a desaparecer.
No estamos leyendo una historia sobre fantasmas: estamos escuchando una tierra llena de memoria.
La economía de Rulfo
Quizá lo que más me haya sorprendido sea la extraordinaria economía narrativa.
Rulfo necesita poquísimo para construir un personaje. Una frase, un gesto, una conversación escuchada desde otra habitación. Personajes que ocuparían capítulos enteros en otras novelas aparecen aquí durante dos páginas y quedan misteriosamente fijados en la memoria.
Tampoco explica aquello que ya puede sugerir.
Eso exige mucho del lector, pero también demuestra una confianza extraordinaria en él. Rulfo no parece interesado en conducirnos de la mano por Comala. Nos abandona allí, como abandona a Juan Preciado, y espera que aprendamos a orientarnos entre las voces.
El resultado es que las apenas poco más de cien páginas del libro producen una impresión de enorme densidad.
Parece imposible que quepa tanto mundo en tan poco papel.
Y falta alguien: Florencio
Después de terminar el libro y aceptar Comala como ese inmenso territorio de ánimas en pena, hay una ausencia que me resulta especialmente sugerente.
Por allí están Juan Preciado, Dorotea, Eduviges, Damiana, Miguel Páramo, voces anónimas, pecadores, víctimas, cómplices y gentes que continúan hablando después de muertos. Bartolomé reaparece incluso dentro del mundo mental de Susana.
Los muertos están por todas partes.
Pero Florencio no aparece.
Susana lo recuerda. Lo desea. Habla con él en su imaginación. Su cuerpo y su memoria siguen regresando a él. Pero Florencio no comparece como una de esas ánimas atrapadas entre las paredes y las tumbas de Comala.
Naturalmente, Rulfo no nos dice qué significa esa ausencia.
Pero si aceptamos por un momento la interpretación de Comala como Purgatorio, la tentación resulta irresistible: quizá Florencio no está allí porque Florencio no tenía nada que purgar.
Quizá por eso Susana puede marcharse tranquila.
Quizá él la estaba esperando en otra parte.
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