También terminé hoy La colmena, de Camilo José Cela. Me ha dejado un sabor agrio en el coleto, como no puede ser de otro modo al ser una novela que transcurre en el Madrid de los primeros años de la posguerra y que está entreverada por los principios ineludibles de la supervivencia.
En estas condiciones - y en todas -, la condición humana se adapta al entorno donde se reza la cartilla de racionamiento, se trabaja en lo que se puede y donde Eros se superpone a Tanatos de manera violencia y explícita. Vamos, el sexo se emplea para sobrevivir y no había cabida alguna para romanticismos ni misticismos de ningún tipo. Se acaba de salir de una guerra y la muerte campa por sus fueros en la ciudad. En la colmena las abejas se juntan para conjurarse contra el hambre y la muerte. Martín Marco, que escribe, que es poeta, pobre de solemnidad, si está algo enamorado de Purita. Parece ser el único que cree o barrunta en esas cosas burguesas. Incluso se inventa una oración cuando va a visitar la tumba de su madre, muerta en el 34. Ha empezado a folgar con sentimiento y fue a rendir homenaje, casi religioso, a sus muertos. Pero el alma negra de la colmena le tiene preparada una última baza...
Rosa, la regidora del Café, tiene pensamientos lujurisos con el camarero principal, al que trata a puntapiés. Éste, retoza con la madre de sus hijos, que está arrejuntada con otro con más parné. Todo es un abigarrado fresco de personajes que hacen lo que pueden para sobrevivir: extraperlo, vender virgos, remendar virgos, prostituirse, practicar el noble arte del sablazo. Todavía se está en guerra. Con la miseria y con la muerte.
La obra tiene párrafos sublimes que reflejan la pobre condición de los mortales, amplificada en una situación como la de España de los años 40, después de una guerra civil. ¿Se dan ustedes cuenta?.
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